Sara la Kali

Sara nunca fue canonizada. Aun así, un pueblo sin tierra la sostuvo cien años sin pedirle permiso a nadie. Lo sagrado no pide permiso.

Sara la Kali

Sara la Kali:
 la que esperó en la orilla

 

 

En Saintes-Maries-de-la-Mer hay una cripta bajo la iglesia que ningún papa consagró. Ahí, cada 24 de mayo, decenas de miles de personas sin patria oficial cargan en andas a una santa que el Vaticano nunca canonizó. La pregunta no es por qué tardaron en aceptarla. La pregunta es por qué, sin ese permiso, nunca dejó de ser venerada.

 La barca sin remos

La tradición cristiana de la Provenza sostiene que, tras la crucifixión, un grupo de discípulos perseguidos fue puesto a la deriva en el Mediterráneo en una embarcación sin remos, sin velas y sin timón. Entre los nombres que la tradición asocia con esa barca aparecen María Salomé, María Jacobé y, en algunas versiones, María Magdalena, Marta y Lázaro.

 La leyenda dice que la barca tocó tierra en un punto de la costa de la Camarga que hoy lleva su nombre: Saintes-Maries-de-la-Mer. En 1448, el rey René de Anjou ordenó excavar bajo la iglesia del pueblo buscando los restos de estas santas. Las excavaciones encontraron reliquias, y sobre ellas se construyó la cripta que todavía existe. Eso no es leyenda: es un hecho documentado con fecha, con orden real y con excavación registrada.

 Sara aparece en el mismo relato, pero con un origen mucho más discutido. Nadie sabe con certeza quién fue.

 Dos versiones, una elección

Una tradición, la que sostienen hoy muchas familias romaníes, dice que Sara ya estaba en esa costa antes de que la barca llegara: una mujer local, tal vez egipcia, con autoridad espiritual sobre su pueblo, que tuvo una visión de la llegada de las santas y salió a recibirlas al mar. Otra versión, más tardía y más cómoda para el relato oficial, la convierte en una sirvienta que viajaba con ellas dentro de la embarcación.

 En una, Sara reconoce lo sagrado por autoridad propia. En la otra, obedece. La diferencia no es un matiz narrativo menor: es la diferencia entre un pueblo que se ve a sí mismo con dignidad espiritual, y un relato que solo puede tolerarlo si lo reduce a función de servicio.

 El gesto que unió ambas versiones fue el mismo: Sara, sin barca propia, tendió su manto —o su pañuelo, según quién lo cuente— sobre el agua para llegar hasta ellas, o para prometer que si arribaban sanas, no volvería a quitárselo de la cabeza. De ese gesto proviene, dicen muchas gitanas, la costumbre de cubrirse el cabello con un pañuelo.

 Una santa que nunca fue canonizada

Acá está el dato que más incomoda, y también el más honesto. Sara la Kali nunca fue canonizada por la Iglesia Católica. La participación gitana en la peregrinación, que hoy parece inseparable de Saintes-Maries-de-la-Mer, tiene apenas un siglo de antigüedad documentada: recién el 24 de mayo de 1935 el arzobispo Clément Roques autorizó formalmente a las comunidades romaníes a procesionar la estatua de Sara hasta el mar, gracias a la gestión de un aristócrata local, el marqués de Baroncelli.

 Es decir: la devoción sostuvo a Sara mucho antes de que ninguna autoridad la avalara, y sigue sosteniéndola hoy sin que esa autoridad la haya canonizado nunca. No es una santa tolerada por accidente. Es una santa que la institución jamás terminó de digerir, y que un pueblo entero decidió no soltar de todos modos.

 Lo que un pueblo sin tierra reconoció

Ahí está la clave cultural, la que casi nadie nombra: un pueblo sin tierra propia, expulsado de reino en reino durante siglos, eligió como patrona a una mujer que tampoco tenía barca propia, cuyo origen nadie puede probar del todo y a la que ninguna catedral quiso poner en el altar mayor.

 Sara no fue adoptada por ser perfecta ni por encajar en ningún canon de santidad. Fue adoptada porque su historia contenía la misma condición que la de quienes la veneran: llegar sin nada, sostenerse sin permiso de nadie, y aun así ser quien recibe. Eso es lo que Sara sigue enseñando: que lo sagrado no siempre entra por la puerta principal ni con papeles en regla. A veces entra empapado, disfrazado de lo que nadie reconoce todavía, y hace falta alguien dispuesto a tender su propio manto sobre el agua para que eso pueda tocar tierra.

 La orilla también es una elección

Ese es el hilo que conecta a Sara con Magdalena, con María Salomé, con todas las mujeres que llegaron en esa barca sin remos: ninguna necesitó autorización institucional para ser real. Solo necesitaron que alguien, en algún punto de la historia, caminara hacia el agua antes de que nadie más se animara.

 La pregunta que Sara deja abierta no es quién la rescató a ella. Es a quién estás dispuesta a recibir vos cuando llegue disfrazado de lo que nadie más quiere mirar. Esa misma pregunta —reconocer lo sagrado sin esperar que venga con credenciales— es el hilo que atraviesa María Magdalena: El lenguaje que no pudieron borrar, disponible desde el 22 de julio, día en que la tradición litúrgica celebra a otra mujer que la historia oficial también intentó reducir antes de tener que devolverla entera.

 La comunidad Kalyndra ya tiene acceso preferencial antes del lanzamiento público. Porque, como Sara junto al mar, lo que de verdad importa nunca se anuncia primero a la multitud: se le confía primero a quienes ya estaban esperando en la orilla.

 

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Fuentes históricas  La excavación ordenada por el rey René de Anjou bajo la iglesia de Saintes-Maries-de-la-Mer y el hallazgo de las reliquias datan de 1448. La autorización eclesiástica formal para la procesión gitana de Santa Sara, gestionada por el marqués de Baroncelli, fue otorgada por el arzobispo Clément Roques el 24 de mayo de 1935. Sara la Kali no ha sido canonizada por la Iglesia Católica. Las dos tradiciones sobre su origen —mujer local con autoridad espiritual o sirvienta viajera— conviven en los registros orales de la peregrinación, recogidos por cronistas y estudiosos de la cultura romaní contemporánea.


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